- Viajeros Compañeros -
Miércoles
Miércoles
Nubes
De repente las nubes cubrieron el cielo. Enormes nubes como casas rodantes avanzando en un cielo infinito, como ganado gigante, moviéndose con el viento. Y recordé que en mi casa las nubes eran así. Lo había olvidado: hacía ya un año que no veía nubes como esas, nubes como las de Buenos Aires. Y sentí nostalgia, melancolía, alegría, euforia, electricidad en la punta de los dedos mientras movía el volante, calor por adentro de los ojos. Bajé la ventanilla, subí el volumen de la música como si estuviera de nuevo en esa habitación vacía en la que hace más de un año que no duermo ni escucho música, y dejé salir todo. Y se sintió tan bien que la ruta adelante de mí se prolongó hasta mucho más allá de la siguiente curva, hasta mucho más allá del siguiente horizonte.
-Rafa Nuñez-
Martes
Esta es la historia de un Perro
Esta es la historia de un perro. De un Golden, más precisamente. Un macho, de gran tamaño, pelaje dorado y brillante, y con una prominente cola que movía hacia ambos lados con tal velocidad, que dañaba las ramas de la vegetación adyacente a la plaza del barrio.
Esta es la historia de un perro, de ese perro, que paseaba por la plaza, dándole vueltas, corriendo, trotando, buscando con quién o con qué jugar. Dentro de este lapso de minutos, pues si digo tiempo no estaríamos en presencia de un termino con igual significancia para todos, el cuadrúpedo tropezó en su camino con un objeto inanimado tendido sobre el césped. Es una tabla, probablemente de quebracho, de un color rojizo oscuro, muy similar a un durmiente de las vías del tren próximas al lugar. Esta madera llamó poderosamente la atención del animal, quien se vio verdaderamente interesado por ella. Se acercó lentamente, muy lentamente, y la olió a la distancia. Tomó todas las precauciones necesarias, porque siempre se le teme a lo desconocido. Avanzó lenta y sigilosamente hacia el tablón, y comenzó a ladrar. Ladró, ladró y volvió su cabeza hacia atrás, buscando a su dueño, quien está observando el escote de una madre que hamacaba a su bebé. Ladró, ladró nuevamente, y esta vez no es un ladrido de alerta, es un ladrido de desesperación, es un ladrido de auxilio. Necesita que su dueño lo acepte, le permita acceder a la tabla. Pero no hay respuesta, el dueño ahora está sonriéndole a la pantalla de un teléfono celular, quién sabe qué satisfacción efímera le habrá brindado la tecnología. Esta es la historia de un perro, que repitió la acción una y otra y otra vez, anhelante de tomar esa tabla, morderla y jugar con ella. Poco a poco, muy lentamente, va juntando coraje. Luego de ir y venir desde el lugar donde se encontraba el objeto hasta su dueño, decidió tomar una acción arriesgada. Rompió con la barrera de la distancia, de las educaciones y de las obediencias, se posó sobre la tabla, y agachando su cabeza y abriendo su boca, tomó con la misma la tabla, para pocos segundos después dejarla caer y volver con su dueño. Pero la vuelta es distinta a las anteriores, el perro volvió corriendo, agitando su cola con más fuerza que nunca, le saltó a su dueño, intentó por todos los medios acercarlo hasta ese descubrimiento majestuoso, hasta esa tabla que tanto esfuerzo y voluntad le demandó levantar. Él no necesitaba de la presencia de su dueño, él simplemente quería que su dueño conociera lo que sus ojos habían visto, lo que su hocico había olido, lo que su boca había saboreado, lo que había hecho exaltar sus pulsaciones, lo que lo había hecho sentir que no cabía dentro de ese pequeño cuerpo de cuatro patas. Pero su dueño solo se redujo a acariciarlo, y al grito de “andá andá, no rompás las bolas”, vuelve su mirada hacia la pequeña pantalla táctil, sobre la cual arrastra un dedo hacia un lado o hacia el otro, dependiendo la imagen de la mujer que le aparezca. Esta es la historia de un perro que volvió corriendo nuevamente hacia la tabla, la cual ya le era absolutamente familiar. Ya no le temía, ya no tomaba recaudos que ahora bien sabía, no eran más que simples actos inconscientes que no servían para nada más que impedirle acceder a esa madera. Y volvió a tomarla con su boca, con toda ella, y trotó con la misma en su boca, anduvo por toda la plaza, hasta que luego de unos minutos la dejó caer, y volvió hacia su dueño, quien lo llamaba para darle unas palmadas en el lomo, y mostrarle a una joven que conoció allí que tan hábil era su mascota para dar la patita una y otra vez; ahora la izquierda, ahora la derecha, a ver la otra patita, muuy bien, muuy bien! Esta es la historia de un perro, que continuó con sus deliberados intentos de acercar a su dueño a la tabla, con la esperanza de que en alguno de todos ellos, el bípedo implume pudiera sentir la felicidad, esa extrema sensación inagotable que sentía el can al tomar la tabla. Sin embargo, siempre encontró rechazos por parte de su dueño, quién no estaba interesado en tal cosa, pero tampoco disfrutaba de la idea de su mascota mordiendo dicha tabla. Esta es la historia de un perro, que finalmente tomó la tabla con decisión. ¿Esta es la historia de un perro? -Matías de Castelar-
Esta es la historia de un perro. De un Golden, más precisamente. Un macho, de gran tamaño, pelaje dorado y brillante, y con una prominente cola que movía hacia ambos lados con tal velocidad, que dañaba las ramas de la vegetación adyacente a la plaza del barrio.
Esta es la historia de un perro, de ese perro, que paseaba por la plaza, dándole vueltas, corriendo, trotando, buscando con quién o con qué jugar. Dentro de este lapso de minutos, pues si digo tiempo no estaríamos en presencia de un termino con igual significancia para todos, el cuadrúpedo tropezó en su camino con un objeto inanimado tendido sobre el césped.
Es una tabla, probablemente de quebracho, de un color rojizo oscuro, muy similar a un durmiente de las vías del tren próximas al lugar. Esta madera llamó poderosamente la atención del animal, quien se vio verdaderamente interesado por ella. Se acercó lentamente, muy lentamente, y la olió a la distancia. Tomó todas las precauciones necesarias, porque siempre se le teme a lo desconocido. Avanzó lenta y sigilosamente hacia el tablón, y comenzó a ladrar. Ladró, ladró y volvió su cabeza hacia atrás, buscando a su dueño, quien está observando el escote de una madre que hamacaba a su bebé. Ladró, ladró nuevamente, y esta vez no es un ladrido de alerta, es un ladrido de desesperación, es un ladrido de auxilio. Necesita que su dueño lo acepte, le permita acceder a la tabla. Pero no hay respuesta, el dueño ahora está sonriéndole a la pantalla de un teléfono celular, quién sabe qué satisfacción efímera le habrá brindado la tecnología.
Esta es la historia de un perro, que repitió la acción una y otra y otra vez, anhelante de tomar esa tabla, morderla y jugar con ella. Poco a poco, muy lentamente, va juntando coraje. Luego de ir y venir desde el lugar donde se encontraba el objeto hasta su dueño, decidió tomar una acción arriesgada. Rompió con la barrera de la distancia, de las educaciones y de las obediencias, se posó sobre la tabla, y agachando su cabeza y abriendo su boca, tomó con la misma la tabla, para pocos segundos después dejarla caer y volver con su dueño. Pero la vuelta es distinta a las anteriores, el perro volvió corriendo, agitando su cola con más fuerza que nunca, le saltó a su dueño, intentó por todos los medios acercarlo hasta ese descubrimiento majestuoso, hasta esa tabla que tanto esfuerzo y voluntad le demandó levantar. Él no necesitaba de la presencia de su dueño, él simplemente quería que su dueño conociera lo que sus ojos habían visto, lo que su hocico había olido, lo que su boca había saboreado, lo que había hecho exaltar sus pulsaciones, lo que lo había hecho sentir que no cabía dentro de ese pequeño cuerpo de cuatro patas. Pero su dueño solo se redujo a acariciarlo, y al grito de “andá andá, no rompás las bolas”, vuelve su mirada hacia la pequeña pantalla táctil, sobre la cual arrastra un dedo hacia un lado o hacia el otro, dependiendo la imagen de la mujer que le aparezca.
Esta es la historia de un perro que volvió corriendo nuevamente hacia la tabla, la cual ya le era absolutamente familiar. Ya no le temía, ya no tomaba recaudos que ahora bien sabía, no eran más que simples actos inconscientes que no servían para nada más que impedirle acceder a esa madera. Y volvió a tomarla con su boca, con toda ella, y trotó con la misma en su boca, anduvo por toda la plaza, hasta que luego de unos minutos la dejó caer, y volvió hacia su dueño, quien lo llamaba para darle unas palmadas en el lomo, y mostrarle a una joven que conoció allí que tan hábil era su mascota para dar la patita una y otra vez; ahora la izquierda, ahora la derecha, a ver la otra patita, muuy bien, muuy bien!
Esta es la historia de un perro, que continuó con sus deliberados intentos de acercar a su dueño a la tabla, con la esperanza de que en alguno de todos ellos, el bípedo implume pudiera sentir la felicidad, esa extrema sensación inagotable que sentía el can al tomar la tabla. Sin embargo, siempre encontró rechazos por parte de su dueño, quién no estaba interesado en tal cosa, pero tampoco disfrutaba de la idea de su mascota mordiendo dicha tabla.
Esta es la historia de un perro, que finalmente tomó la tabla con decisión.
¿Esta es la historia de un perro? -Matías de Castelar-
Viernes
Viernes
Movimiento
Dar un salto. Un salto grande. Pasar al plano de la "locura"(¿?). Torcionar el actuar, meta del viaje. Intentar manejarse con el mundo con absoluta sinceridad. Generar debate y acción en espacios públicos. Transmisión de valor. La gente incorpora valores por medio de este movimiento, ellos lo viven como mera circunstancia de su vida y la aceptan con simpleza por tener valores positivos. Todos en algún lado los tienen y lo sabemos.. Empezar por los barrios, por los vecinos. Ir tomando rodaje de a poco para generar MO VI MIEN TO -T AQ
Dar un salto. Un salto grande. Pasar al plano de la "locura"(¿?). Torcionar el actuar, meta del viaje. Intentar manejarse con el mundo con absoluta sinceridad. Generar debate y acción en espacios públicos. Transmisión de valor. La gente incorpora valores por medio de este movimiento, ellos lo viven como mera circunstancia de su vida y la aceptan con simpleza por tener valores positivos. Todos en algún lado los tienen y lo sabemos.. Empezar por los barrios, por los vecinos. Ir tomando rodaje de a poco para generar MO VI MIEN TO
Viernes
La responsabilidad del viajero
Arrancar el viaje no es fácil. Todavía no logro determinar si empezarlo se tata de una elección o es la vida la que nos empuja a la fuerza.
Pero sin duda no es fácil. Digo que no es fácil porque de pronto se empieza a tratar de mucho más que de ir por algo nuevo. También se trata de asumir una responsabilidad.
Somos protagonistas de nuestra propia vida y no sólo contamos con la suerte de elegir nuestro porvenir, sino que ademas tenemos la dicha de cargar con un pasado que quizás, no es el que hayamos elegido del todo.
Y es acá donde se pone bravo. El viajero armó la mochila sin saber cuál era el destino, y no es fácil deshacernos del equipaje a mitad de camino. Claro que no. ¿Que dejar? ¿La bufanda que nos tejió la difunta abuela? ¿guitarra que compramos con nuestras primeras monedas recolectadas durante la comunión y que nos acompaña desde lo 9 años? No no. Sin duda no aceptamos la idea de renunciar a ninguna. Continuamos kilómetros y kilómetros cargando, cuidando y valorando a CADA UNA DE ESAS COSAS. Pero... el viaje continúa. El camino nos empieza a hablar, hasta quizás alguien nos lo marca y , en verdad, poco podemos argumentar frente a esa realidad, más que asegurar que "claramente es así, pero ustedes lo dicen porque su abuela esta viva o porque lo ven desde afuera y así es fácil...".
La idea empieza a rebotar en la cabeza, cada vez con más eco. La bufanda nos empieza a hacer picar el cuello y a esa guitarra no sólo se le rompe la cuarta cuerda, sino que encima cada vez trastea más.
Entonces llega el momento. Somos protagonistas. Necesitamos ese espacio en la mochila. Esas cosas no nos valen lo que alguna vez lo hicieron y el viaje continua. Tenemos la responsabilidad. Sabemos que está en nuestras manos.
Hacemos lo que sabemos que el protagonista debía hacer. NOS CUESTA. NOS PESA. Y hasta incluso una vez hecho nos replanteamos ciento trece veces si en verdad era necesario hacerlo.
Pero... el camino es sabio, y eso, el viajero no lo debe olvidar.
-T AQ