Muchas veces algunos tramos del viaje son serenos, tranquilos, sin ningún tipo de problema que pudiera llegar a generarnos inconvenientes.
Pero cuando uno mira hacia la derecha ve un precipicio y lo mismo ocurre al momento de posar la mirada hacia la izquierda.
Y acerca de estos viajes o senderos voy a hablar. Estos senderos sinuosos nos recuerdan nuestra fragilidad como seres humanos y la intensidad con la que podemos llegar a vivir nuestras emociones, pero al mismo tiempo nos dan una idea acerca de nuestra constancia y estabilidad.
Quizás esta idea es contradictoria, pero razonemos juntos. A no ser que de lugar una fuerte ventisca, tormenta o alguna fuerza mayor nos empuje, no existe ningún motivo para que caigamos hacia un lado u otro del precipicio y no sigamos caminando tranquilamente hacia su final.
Sin embargo el precipicio está ahí, inmóvil, es una fuerza pasiva, no nos engulle, simplemente permanece en su lugar. Cada tanto miramos hacia los costados y nos asustamos un poco y puede que hasta nos agarremos bien fuerte, nos agachemos y tratemos de ver si hay algo allí abajo. Pero nunca caemos, simplemente caer seria como una persona que pierde el equilibrio mientras camina por la vereda y se cae, ya lo superamos, ya nos caímos a los pocos meses de vida intentando aprender a caminar.
Estos caminos son extraños. No sabemos muy bien donde nos encontramos ya que solo podemos mirar hacia adelante y solo vemos mas y mas recorrido por realizar.
Pero una vez que lo sorteamos, la satisfacción de no haber caído y haber seguido firme será mayor. Ya sea que te encuentres en un hermoso paraíso floral o una peligrosa jungla, ese camino terminó y estás dispuesto a vivir nuevas experiencias.
-J-